martes, 4 de octubre de 2016

No me preguntes con qué fin te escribo esta carta. Ya te escribí una de despedida pero todo volvió a dar un giro de 180 grados. Y tengo que decírtelo.
Ojalá te odiase. Sé que suena feo y que quizás te me enfades, pero desearía tener un motivo, con uno me vale, para odiarte y tener una excusa barata para borrarte de mi memoria y autoconvencerme que no vales la pena. Pero no, no es así, todo lo contrario.
Qué te quiero y no en un sentido romántico como ya he dicho. Te quiero como persona de la que me preocupo y que deseo con toda mi alma que un día se levante y todo aquello que le haga mal se haya esfumado.
Y así no puedo. Olvidarte, digo. Te me vienes a la cabeza cada cinco minutos y se me retuerce un poquitín el pecho. Así no puedo vivir.
Quizá el pensar que no has sentido ni sientes nada por mí, que no soy suficiente para que te arriesgues o el que no te aporto lo que necesitas me ayuda a sobrepasar estos días.  ¿Por qué dejarme la herida abierta por alguien que no va a venir a curármela?

Pero escúchame, me has hecho y me haces feliz. Me has hecho y me haces mal. Me has aportado lo suficiente para sentirme viva.
Me hubiese encantado zambullirme por los rincones escondidos de tu mente.
Me hubiese encantado escucharte y saber qué es lo que piensas o sientes tú.

Sé que debería decírtelo a ti y no escribirlo en un triste blog que jamás vas a leer, pero quiero que sepas, que siempre, siempre vas a tener tu reservado de lujo en mi vida, por si algún día, decides volver a mis brazos.
Qué no se te olvide.
Eres prioridad. Tú sí.

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