lunes, 19 de enero de 2015

Todo lo que me hacía daño parecía menos malo porque tú existías. 
Rodeándome con tus brazos en esa cama que se volvió mi paraíso por unas meses. 
Besándome cada lágrima que no salían de mis ojos porque sabía que no te interesaría.
Estirándome del pelo cuando te besaba en ese punto exacto que sé que te encantaba y al que echo tanto de menos. 
Hablando de las cosas que te entusiasmaban con ese brillo en los ojos y esa voz emocionada. Dios, acabé amando cada uno de los pequeños detalles que te hacían feliz, aunque no los compartiese contigo, solo porque te hacían sentir de esa manera. Como un niño pequeño abriendo un regalo el día de reyes.
Tú eras mi regalo. Tú eras lo que hacía que mis ojos brillasen como dos estrellas y hablase con rapidez porque no me daba tiempo contar todo lo que me gustaba de ti. Estaba tan orgullosa de poder estar contigo. Eras mi pasión.  

Y al final fuiste tú el que acabaste haciéndome daño y partiéndome en mil pedacitos. Todo el dolor que tu apagaste, se encendió y quemó cada centímetro de mi cuerpo.



Acabé consumida.

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