domingo, 25 de enero de 2015

Me prometí a mí misma que no serías alguien importante y que no te dejaría acercarte lo suficiente como para hacerme daño.
No me iba a enamorar de ti.

Pero era un domingo. Aproximadamente las 20:00 de la tarde. Estabas tumbado bocabajo completamente desnudo. Yo te acariciaba la espalda con la yema de mis dedos. Estabas quedándote dormido. 
Y mientras te miraba supe que ya estaba completamente perdida, que mis días eran para ti, que yo era tuya aunque tú no fueses mio. Tú eras mi sol, mi luz que me despertaba cada mañana. Todas mis hojas de papel hablarían de ti. Que mis amigos tenían que aceptarte y adorarte como yo lo hacía. Que sé que les costaría, porque millones de veces me decían que tú serías mi pesadilla. Pero en ese momento, entre la oscuridad de la habitación y con tu respiración cada vez más lenta, tú eras mi pasaporte hacia la felicidad. 

Y entonces, me alcé de valor y lo dije.
"Te quiero".
Mi corazón estaba a punto de salir de mi pecho esperando tu respuesta.
Abriste los ojos y me miraste. Me regalaste una medio sonrisa y añadiste:
"Y yo a ti. Mucho."

Desde ese día, no volví a saber nada más de ti.

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